Fernando Cuartas (Colombia)

fernando cuartasAl Poeta.
Las piedras se han tallado en esas finas lajas que se desprenden del techo oscuro de las cuevas de los guácharos. Todo un tratado de filosofía yace en esas grutas. No existe un Platón que nos atestigüe ahora si esas sombras son los lunes rotos, las últimas pesadillas del sol dominical o las partículas del silencio
en un amanecer lunar.
Piedras tan aéreas como una cabra en pleno parque contemplando la catedral de arroz, animales azorados por el miedo, tratando de escupir las hierbas rojas que le han dado su condición de vuelo.
Piedras tan azules que el mismo firmamento se convence de que son nubes que caminan, haciendo croquis de heresiarcas, cumpliendo la dulce y terca tarea de abrir caminos en las noches sin estrellas. Ahora lo vemos, con el picapedrero de su corazón, maquinaria celeste, que a punta de golpes certeros vuelca la sangre a borbotones por cada calle hablada, por cada agujero escrito en el socavón del tiempo. Tal vez lo hemos presentido ausente, tal vez creamos que su entierro fue real, pero no nos hemos dado cuenta acaso, que su respiración persiste como un cuerpo de arena que vuelve a convertirse en roca, esas blancas rocas lunares, esas crepitantes joyas cerebrales que recubren sus poemas de audaces estalactitas en la gruta insomne de sus iniciados pasos. Pero él también es agua. Gotera cáustica y sombra de humedades en la hojarasca de su silenciosa selva. En él llueve los viernes y se acechan ríos cada temporada sabatina y libre. La humedad del llanto íntimo, un arco iris en la sombra, el paraguas como único arcabuz, la saliva como un licor de un errante y viejo sabio. Quedan en él esos resbalosos textos, esas aguas de escritura, naufragios y fragmentos de islas, cascos derruidos de embarcaciones flotantes en las espesas aguas de un país sin brújula. También es la lengua erizada de una llama, breve y mordaz metáfora de lo inflamable y de lo ígneo. Con destrezas de un goliardo medieval, en medio de las montañas con sus gritos de tierra y sus cortezas milenarias, estampidas de volcán y lava furiosa, salen de la salamandra expuesta entre los dedos temblorosos que forman las velas cuando incendian todo pensamiento. El poeta está vivo, aunque algunos hayan querido silenciar la carcajada al viento, pintar de miedo y de olvido su memoria, y querer bajo el horror atrincherar a los poetas que han conocido, junto con él, la ardua labor de convertirse en pastores de abismos, en transeúntes de la vía láctea o en simples embriagados de soles y de lunas. Con su cometa mística, con lo más terrenal y sórdido que puedan tener los ángeles sin alas, con lo más exaltado y pasional que se pueda permitir un niño ebrio, el poeta sigue con nosotros buscando la piedra filosofal en la pupila de las manos y en el tacto de sus ojos.

portadapuntoseguido52Artículo tomado de la Revista Punto Seguido en su edición número 52 Ver Artículo
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artside febrero 2016